Diario de J.L. O'Callaghan - Día 3

Mañana es Nochebuena. Mi hermano Henry me llamará esta noche para tener una conversación incómoda, especialmente para él. Insistirá en que vaya a cenar con ellos. Una copiosa reunión donde comerán algún pescado que no pueden permitirse, aderezado por marisco de precio medio-bajo por el que pagarán una cantidad desmesurada, solo por ser las fechas que son.


Intentará convencerme de que Cristina y las niñas me echan de menos y que les gustaría pasar las fiestas con su tío J.L.

También me dirá que irá a recoger a nuestro hermano a la residencia a media tarde y que le gustaría verme.

Y yo le diré que es mentira. Que pasamos el año buscando excusas para no vernos y que me sorprende que el espíritu navideño siga afectándole a esas alturas de nuestra vida.


Me dirá que vaya, que han pensado en mí y han comprado algún regalo. Algún año me han entrado ganas de aparecer de repente en medio de la cena y comprobar si eso era cierto. En todo caso, esa respuesta por parte de Henry, dice muy poco acerca de lo que me conoce.


Él respirará aliviado cuando acabemos la conversación y confirme que finalmente, este año tampoco iré. Cristina le dirá que no entiende por qué me sigue llamando cada año y él le dirá que es solo para quedarse tranquilo con sus responsabilidades como hermano.


Los imagino poniéndose al día de sus vidas mientras pelan, con cara de asco, las gambas congeladas que ni siquiera han pasado por la sartén. Mi hermano Henry intentando decirle a Steve que es feliz. Mi hermano Steve luchando por no atragantarse y pensando en por qué coño no se atragantará de una vez y acaba ya con su mísera existencia llena de pañales cagados y enfermeras que no saben ni cómo se llama.


Las niñas disimularán que su tío Steve no les da algo de grima. Mi cuñada se ofrecerá a limpiarle la baba una vez, por quedar bien y hacer ver al resto que en realidad, lo quiere. Pero a partir de la segunda, será mi hermano Henry el que le tome el relevo para el resto de la noche. Todos en la mesa, rezarán en silencio para que Steve muera antes que los demás. Sobre todo las niñas, que todavía no lo saben, pero algún día lo tendrán que cuidar. O hacer como nosotros y ser tan miserables. Pagar a alguien que lo haga.


Las niñas se levantarán de la mesa recién acabados los postres e irán a su habitación.


Henry devolverá a Steve al centro y volverá a casa dando gracias por no estar en su lugar.


Me pregunto qué pasaría si pasara por allí a saludar, cargado con una botella de Maker's Mark 46 y me sentara con ellos a hablar sobre el año que hemos pasado. Sobre el año que vendrá. Sobre la vida. La pasada, la presente y la futura, si es que queda algo de esa.


No. Mejor no joderles las Navidades. Que sigan fingiendo en su mundo. Al fin y al cabo, solo es una coraza que les protege de la realidad. Y quién soy yo para arrancársela de cuajo y dejarles el cuerpo y el alma desnudos, a la intemperie.


No. Mejor así.


He comprado una lata de paté para Simone. Del caro.

No quiero celebrar nada. No tengo nada que celebrar. Pero ella, no tiene culpa.


A medianoche, cuando vaya borracho, levantaré el único vaso que me queda en la cocina, cargado con dos dedos de bourbon. Miraré a Simone y le diré "Feliz Navidad". Con suerte, me responderá con un maullido. Sin suerte, estará dormida.


Espero que al menos, los demás sí disfruten de esta noche. Y que recuerden que si de verdad quieren seguir siendo felices, no es necesario que desaten sus corazas. Que las mantengan bien puestas y armadas sobre los hombros. Y que se compren un casco, por si acaso. Sí, que se compren un casco también.

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